Dos juderías, una ciudad monumental… Carmelo Jordá nos lleva de viaje por la Judería de Cáceres.

Me gustan los viajes con un contenido histórico y me gusta también viajar alrededor de un hilo conductor, una idea o una búsqueda que le den un plus de sentido a conocer un destino, o que te permitan volver al mismo lugar, pero que ahora sea diferente.

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Mi viaje por las juderías de Extremadura cumple los dos requisitos -en ciudades y paisajes en los que ya he estado-, pero que tengo la esperanza de que me ofrezcan una cara y una mirada distinta ahora, cuando ando tras las huellas de un pasado lejano, de una historia que hace mucho que pasó, pero que quiero creer que todavía está presente. ¿Cuánto? Eso es lo que voy a descubrir en los próximos cuatro días.

Descubre Sefarad con el Diario de Viaje por la Judería de Cáceres | Carmelo Jordá | Red de Juderías de España

© Carmelo Jordá – Red de Juderías de España

He salido de Madrid pronto para poder aprovechar al menos parte de la mañana, y Cáceres me recibe con un sol veraniego radiante e implacable. Dejo mis cosas en el hotel NH Collection Palacio de Oquendo, perfecto para conocer la ciudad –está a sólo unos pasos de la Plaza Mayor– y para sentirse en ella: algo que se me antoja imposible desde un edificio de cemento y cristal, y que es lo natural en un bellísimo palacio de piedra del siglo XVI.

Después recorro una vez más el Cáceres viejo que se esconde tras la muralla, monumental, impresionante; no hay calleja que no sea bella, no hay rincón que no merezca una fotografía. Para mi sorpresa, somos muy pocos los que desafiamos al calor del mediodía, y puedo subir y bajar las cuestas prácticamente en soledad, un raro privilegio en este mundo en el que, afortunadamente, viajar ha dejado de ser un lujo para unos pocos.

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© Carmelo Jordá – Red de Juderías de España

La judería de Cáceres estaba justo al otro lado de la ciudad amurallada. Me asomo a ella, pero prefiero no recorrerla ahora: lo haré ya por la tarde acompañado de Milagros, una de las guías oficiales. Disfruto al pasear con ella por las calles del Barrio de San Antón, porque rápidamente puedo detectar que siente la misma empatía y admiración que yo por aquellas familias que un día lo tuvieron que dejar todo atrás, menos el recuerdo. Un recuerdo que ahora es también nuestro.

El barrio de San Antón es completamente distinto al resto del Cáceres monumental: la piedra vista ha sido sustituida por la cal; los palacios han dejado paso a casas mucho más modestas, casi todas de una planta y, como mucho, de dos; las calles son aún más empinadas y las cuestas no tienen más remedio que convertirse en escaleras recónditas y en curva…

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Aunque vivían judíos en otras partes de Cáceres –por ejemplo, en la zona de las escaleras que hoy en día llevan al Arco de la Estrella– la mayor parte de la judería se arremolina alrededor de la Ermita de San Antón, un templo modesto como modesta debió ser la sinagoga que ocupó ese solar, y como modestas eran las propias entradas a la judería, bien a través de la muralla en la Puerta del Río, bien de callejones extraordinariamente estrechos, como el callejón de Don Álvaro, por el que el viajero aún puede intuir el ir y venir de aquellos cacereños de familias judías que se habían instalado en la parte más pobre y lejana del recinto amurallado, que vivían en las casas más pequeñas, que se diría que preferían no ser vistos.

Cuando cae el sol vuelvo a la Cáceres monumental y a la Cáceres que fue judía y que, a la luz tenue de las farolas, parecen aún más lejanas, más antiguas, más irreales, pese a la realidad incontestable de las calles, los palacios y las casas. Si hay un momento en el que el viajero puede acercarse espiritualmente, o mentalmente, o con la imaginación a aquel pasado, es por la noche, entre las sombras.

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© Carmelo Jordá – Red de Juderías de España

En mi segundo día en la ciudad aprovecho el sol mañanero para volver a la vieja judería y aprovecho también el fresco de la mañana para descansar un poco en el Olivar de la Judería, un pequeño jardín al pie de la muralla ubicado, dicen, en lo que fue el huerto de una antigua casa judía.

No sé si será o no cierto este pasado judío del lugar -podría serlo por su ubicación cerca de la judería-, pero hoy en día es, sin duda, uno de los rincones más tranquilos de la zona monumental, bajo las sombras de la muralla y de los viejos olivos, sin más visitantes que una pareja de novios jóvenes y un periodista que busca el pasado en lugar de la actualidad.

La mañana me sirve también para acercarme a la segunda judería cacereña. Extramuros, al otro lado de la Plaza Mayor y alrededor de una sinagoga que estaba en lo que hoy es la Calle de la Cruz, un nombre muy común para lugares en los que, como en este, desde 1492 quiso borrarse esa parte entonces incómoda del pasado. En esta segunda judería, el rastro aún es más débil. No en vano fue en realidad un establecimiento muy provisional tras una primera expulsión del recinto amurallado, sólo unos años antes de la expulsión definitiva.

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